Parece fácil el camino de la fe: basta con agregar una crisis para que ésta guíe nuestras oraciones, plegarias, pensamientos e incluso nuestra vida.
"Si fuera tan grande como un grano de mostaza podríamos indicarle al árbol que se arroje al mar"
Nos estamos acostumbrando a los milagros, pasan tantos en el día que se han vuelto cotidianos y menospreciados.
Todo comienza con el acto de vivir y el sentido de la misma; considero que los momentos de crisis verdadera (no atadas al dolor físico) están en nuestro camino a seguir.
¿Qué camino a seguir a ante un Dios que aparentemente nos abandona?
Recordemos que el camino de la Fe no surge tras la evidencia; es más, la evidencia parece una recompensa a la fe. En alguna ocasión escuché la afirmación tajante de que la fe es una creencia ciega.
Siendo la vista el sentido del que hemos aprendido a depender más, esta afirmación resulta terrible; sin embargo, los ciegos aprenden de los demás externos, y debemos hallar a Dios en lo que oímos, olemos, probamos y sentimos.
El Señor está en sus obras, entonces, no es necesaria la vista para hurgar dentro de nosotros, hacer de nuestro cuerpo un espacio de fe, que nuestro respirar infle los pulmones de fe y transfiera al mundo ese soplo de evidencia divina. Podría decirse que somos evidencia de Dios y que no somos capaces de presentarnos a nosotros mismos.
Sólo en la virtud fortaleceremos nuestro cuerpo haciendo palpitares de fe, al ser iglesia, debemos ser casa de Dios, espacio de sus bendiciones y compañía, de ese momento en el que el Señor nos cubre: no sólo en los tiempos difíciles, también cuando son de paz o de gozo su manto bendice.
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