Hace poco me di cuenta que mi fe en la humanidad ya no era la misma: y con tristeza acepto ello como una debilidad, al grado de ser partícipe de mi salud.
Esa falta de fe trae consigo daño a la esperanza, si, aquella que "muere al último". Supongo que así fue como mi cuerpo y mente, así como mi espíritu se encontró sin hallar motivos para continuar.
Pero decía que el reto de la fe es ir contra las evidencias que la nieguen hasta que aparezcan aquellas que fortalezcan la vida a través de del espíritu.
Es el alma tanto emisor como receptor de Dios, por tanto, el insistir en los sentidos hace de lado la importancia del sentir espiritual. Sería nuestra tarea entonces el hallar el sentido por el cual se expresa el alma.
Mi interpretación a "este sentido" se halla en la oración, esa conversación que se busca establecer, que en ocasiones sólo habla y no escucha, y cuando recibe, parece un lenguaje extraño para nosotros, casi susurrante.
¿Cómo se habla ese lenguaje?, ¿Tendrá reglas, sintaxis, semántica, etc? Yo quiero hablarlo y mis palabras hacen eco en mi cabeza, uso el lenguaje aprendido de mis padres, del lugar donde nací, de los demás que me rodearon en la infancia. El Señor también ha estado conmigo pero mis oídos nos han repetido sus susurros, los gritos, los llantos, los espacios de su voz.
No me enseñaron a escucharlo, no abrí mi alma a su voz, y hasta ahora lo estoy intentando, no sé si es a tiempo o muy tarde. Recuerdo que hace tiempo le dije a alguien: "Nunca es demasiado tarde; siempre es justo a tiempo".
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